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miércoles, 6 de agosto de 2025

LO BUENO DE LAS ORTODOXIAS Y LOS DOGMAS

Lo bueno de las ortodoxias, los dogmas y las tradiciones es su efecto formol, que no pueden evitar por su propia naturaleza. Bueno, eso y que ofrecen una estructura estable percibida como verdadera, inapelable y que puede resolver todo con un a, b, c parsimonioso, una necesidad muy infantil esa, la de la red de seguridad abajo, imprescindible para cualquier inicio pero que impide la madurez si se desea progresar algo. Pero, ¿quién lo desea, con lo a gusto que se está así?

     Si una ortodoxia se fundamenta en revelaciones, transmisiones y textos, hay aspectos a los que no puede renunciar aunque contradiga a la verdad general que desea transmitir. A veces lo hace de manera fosilizada, y por lo general requiere de un gran esfuerzo de encaje exegético, las interpretaciones que hay que dar para que quepan dentro del molde expuesto y así "demostrar" que no existe ninguna contradicción.

     Se intentan manipular, claro, de forma sutil o descarada. Pero ellos mismos se ponen el límite, por más capas de barniz anacrónico que se les pase por encima. Especialmente si un pilar de esa ortodoxia es el respeto por los textos, orales o escritos, y aún más si se catalogan de sagrados. Me refiero a cualquier ortodoxia, de cualquier religión e ideología política. Si hablo de la Biblia, es porque la conozco bien, no por tirria ni ningún otro motivo que no sea el ilustrativo. Las ortodoxias judeo-cristianas montan primero los raíles y luego tratan de que las ruedas de sus textos encajen en ellos. Y cuesta. Por el efecto formol: por más que se establezca un canon, se elijan las copias y traducciones más adecuadas, los siglos pasan, la ortodoxia cambia, el mensaje cambia, el texto permanece. Por eso se cuelan inevitablemente, aunque omitiendo y silenciando mucho, o con lenguaje indirecto, o con interpretación del acontecimiento, ese Melquisedec, un Samuel muerto transmitiendo un mensaje de parte de Dios a través de una vidente, un ángel que remueve un estanque para sanar al más rápido (cruel competición), Elohim (que es un plural), un Evangelio gnóstico junto a los sinópticos, un sacrificio humano digno de los mejores mitos griegos, magos egipcios haciendo milagros también, un pueblo politeísta y polígamo desde el principio, un Eclesiastés contradictor y el hombre más sabio del mundo por don divino que, en esa sabiduría, acaba rindiendo culto a dioses de diversas partes del mundo que conocía, un Cantar descafeinado por el bla, bla, bla incesante de pudibundos sin vergüenza, etc., etc., etc. 

      Y así con todas las demás ortodoxias, dogmas e ideologías. Seguro que puedes encontrar contradicciones así en cualquiera de ellas, que preservan en una cápsula intemporal conocimiento y hechos que, de otro modo, no sabríamos.

jueves, 8 de septiembre de 2016

Palabras y silencios

LA IMPORTANCIA DE LAS PALABRAS: EL CONTROL DE LA LENGUA.

EL ESTRUENDO DE LOS SILENCIOS: JESÚS SILENCIADO


Según algunos estudiosos, dos son las características que diferencian la especie humana del resto de los animales: su capacidad de inventiva tecnológica y el lenguaje verbal. Con este nos relacionamos, pensamos y descubrimos y construimos el mundo observable exterior y de valores (interior). Introduje hace un tiempo este concepto de la importancia del lenguaje desde el punto de vista de la ciencia en el Plan Lingüístico de Centro del IES Alminar, allí di la referencia que a este respecto hace la Psicología Social. Tan importante es el don de la lengua, que se nos muestra a Dios creando el universo con su palabra en el Génesis. Según el Evangelio de Juan, en el principio era el Verbo (el Logos), identificando a Cristo con la Palabra, en mayúsculas. Los cristianos, asimismo, llamamos a la Biblia la Palabra, pues es para nosotros palabra inspirada por Dios.

     El control de lo que decimos está en estrecha relación con el dominio propio, y es en la Biblia un tema de primer orden en lo relativo a nuestro comportamiento, a nuestro vivir cotidiano, a nuestra ética, si se quiere. Nuestras palabras pueden herir o sanar, y es fundamental que dominemos nuestra lengua en lugar de que ella nos domine a nosotros. Y esto no es nada fácil. De hecho, podríamos decir que es imposible al 100%: "..., ningún hombre puede domar la lengua, que es un mal que no puede ser refrenado, ...", señala el Apóstol Santiago en su epístola (Stg. 3: 8), en un capítulo dedicado casi al completo a este tema. Con anterioridad, en el primer capítulo, nos aconseja que escuchemos mucho y hablemos más bien poco, que esperemos para hacerlo, al igual que para airarnos (Stg. 1: 19), que nos lo pensemos dos veces, que seamos prudentes (en lenguaje actual: proactivos, no reactivos). De hecho, este apóstol es muy pro-competencia comunicativa, por usar una terminología muy en boga en el ámbito educativo. Con respecto a oír, nos aconseja que lo hagamos más que hablar, pero menos que el hacer: no solo debemos oír la palabra de Dios, sino hacerla (el paso siguiente), en Stg. 1: 23. La Palabra de Dios hay que oírla y luego practicarla, en paralelo con la secuencia sentimiento de culpa-arrepentimiento-frutos dignos de arrepentimiento, en referencia a otro tema que tratamos hace poco. La falta de dominio de la lengua es la prueba de que la religión de una persona es vana; la auténtica religión habla, más bien, por los hechos (actos de servicio; Stg. 1: 26, 27).
     La primera parte del capítulo 3 de Santiago (versículos 1 al 12) resalta la importancia de nuestra manera de hablar, que es una de las pruebas de nuestra fe, junto con la imparcialidad y las obras. Precisamente el versículo 1 está dirigido a muchos hermanos de hoy en día, incluido yo mismo, pues ¿cuántos no aspiramos en nuestros corazones llegar a ser reconocidos maestros, dar "lecciones magistrales" en la congregación? Pues mucho cuidado con este deseo, pues su ejercicio implica un uso frecuente de la lengua: es muy fácil ofender con la palabra. El que no ofende con sus palabras, es perfecto, según el versículo 2. ¿Eres perfecto? ¿Eres capaz de responder con un "sí" a la pregunta anterior? Pues según ese mismo versículo 2 todos ofendemos muchas veces, y el apóstol se incluye en esta afirmación.
     El motivo de que esto sea  así aparece en imágenes muy sugerentes en este capítulo. La lengua, miembro pequeño en el cuerpo, lo gobierna. Nuestras palabras pudieran parecer poca cosa, pero, como una pequeña chispa, puede acabar provocando un terrible incendio. Las palabras de Jesús, el bendito mensaje del Evangelio, por su parte, es como una semilla: igualmente es pequeña, pero enterrada y muerta, germina en una planta que crece en la buena tierra y acaba fructificando. Un ejemplo positivo de algo pequeño con un gran potencial. Pues nuestras propias palabras también encierran un enorme potencial, pero para mal: son una pequeña llama que puede extender un fuego de nefastas consecuencias.
     La lengua gobierna nuestros cuerpos como un timón. Cualquier pequeña variación en el giro de este timón supone un cambio de rumbo significativo para la embarcación. Hay que sujetarlo firmemente y girarlo de manera intencional cuando queramos que el barco cambie de rumbo, virando a un lado u otro. No se puede manejar inconscientemente el timón. La lengua, por tanto, tiene un alto grado de sensibilidad. Por poca cosa que parezcan nuestras palabras, todas deben ser controladas y medidas, no dejadas al impulso. ¡Esto es muy difícil!
      En fin, la lengua es como un aguijón lleno de veneno mortal. Por cierto que las personas y los ambientes se envenenan con palabras. Decía el Señor Jesús que es imposible que un árbol malo dé frutos buenos y viceversa. Se nos conoce por nuestros frutos, una aseveración en consonancia con las afirmaciones de Santiago con respecto a que la verdadera fe se manifiesta a través de sus obras. Pero en Santiago observamos una incoherencia en nosotros mismos: la lengua es vista como un surtidor y nuestras palabras son el agua que sale de esta fuente. Y nos permitimos bendecir y alabar a Dios con ellas y maldecir, ofender y herir a nuestros prójimos (Stg. 3: 9, 10). ¿Es esto posible? Esta incoherencia es la que debe ser evitada. Ninguna fuente puede dar, a la vez, agua salada y agua dulce (Stg. 3: 12). Si probásemos un agua así, diríamos que está salada, el dulzor no lo notarías. Esta supuesta ambivalencia nos remite a muchos pasajes bíblicos donde la persona que lo practica es condenada. Los Proverbios y los Profetas condenan al falso religioso de obras externas que se olvida de su prójimo. Cristo también tuvo palabras muy serias con los fariseos al respecto de esta hipocresía.
      Quien pretenda ser maestro, aprenda a ser sabio. El principio de la sabiduría es el temor a Dios (Pr. 1). Santiago dirá que lo manifieste por hechos, en el contexto de la mansedumbre y  no de la contención (Stg. 3: 13-18): sin guerras de palabras y disputas, sin psicomaquias, en la paz eirene.
     Según Dick Eastman (La Universidad de la Palabra, Vida; Miami, 1986, p. 149), la cuestión del uso de la palabra prudente o imprudentemente se menciona en los Salmos y los Proverbios 117 veces. El número es elocuente. Pero no solo la frecuencia: si se leen estos libros de manera ingenua, uno se va dando poco a poco cuenta de que se trata de un tema importante en la Biblia, acaso crucial.

     Sinceramente, a mí me ha generado bastantes y serios problemas. No los mencionaré aquí, pero puedo constatar por mi experiencia vital que el desborde verbal no trae más que ruina en las relaciones con los demás y para uno mismo. Para mí se convirtió en un quebradero de cabeza de primer orden, y aún hoy me temo en mis interacciones con los demás: nunca sé si voy a ser un bocazas metiendo la pata de tanto bla, bla, bla, o si voy a herir a alguien con mis exageraciones verbales o con mi falta de palabra acertada. Es muy penoso no saber expresarse abiertamente y sin hacer daño a los demás. Esta situación me llevó, entre otras medidas, a hacerme con el libro de Francisco Gavilán, No se lo digas a nadie ... así (Zenith/Planeta -col. Booket-; Barcelona, 2013). Gavilán es un especialista experto en el Lenguaje Emocionalmente Correcto. Desde el ámbito de la Psicología enlaza el tema de las interacciones verbales con la inteligencia emocional, de una manera práctica, amena y muy provechosa; es un libro que recomiendo, lo observo muy útil y aún estoy con él.
     Sin embargo, muchas "novedades" que trae ya las encontramos en la Biblia, y las veo desarrolladas en libros cristianos de forma muy sorprendente. Ya en el libro aludido de Eastman, que es del 83, en un capítulo que trata de las relaciones entre los miembros de la familia y del hecho de que un espíritu que no se domina es como una ciudad sin muros (Proverbios 25: 28), en sus "Pasos para la restauración espiritual", de los siete que menciona, algunos aparecen luego en el libro de Gavilán. Específicamente, el consejo de elogiar más que criticar de Gavilán no es otra cosa que el felicitar más que murmurar de Eastman, con base bíblica en Filipenses y los Salmos, así como la coincidencia en señalar que debemos escuchar más que hablar, consejo que ya aparece en Proverbios, y que es mejor responder que disputar, que en Gavilán cristaliza en el fomento de la asertividad y en discrepar mejor que discutir. Tampoco escapa el Lenguaje No Verbal, cuando Eastman propone sonreír más que poner mala cara.
     Sinceramente, a los lectores de la Biblia no nos sorprenden estas "coincidencias". La ahora llamada inteligencia emocional, en su vertiente bienintencionada, es decir, la que no usa la empatía para aprovecharse de los demás, haciéndoles daño o vendiéndoles un producto, aparece permanentemente en la Palabra de Dios. Forma parte de los frutos del Espíritu (amor, paz, paciencia, mansedumbre, templanza, ...) y tiene su mayor expresión práctica en la llamada Regla de Oro (una norma de aplicación diaria: hacer con los demás lo que nos gustaría que hicieran con nosotros), que no sería otra cosa que hacer realidad el segundo mandamiento más importante: amar al prójimo como a uno mismo. Lo cual implica amar a los demás, pero nunca despreciarse o minusvalorarse a sí mismo. Solo el cruel se atormenta, según Proverbios 11: 17.
     Curiosamente, por extraño que parezca, Jesús y la palabra de Dios están absolutamente ausentes de la obra de Gavilán. No esperamos que se mencione la Biblia en un libro así, obviamente, no tiene por qué, pero a medida que se va estudiando esta obra, se va dando uno cuenta de que Jesucristo ha sido silenciado a propósito. No es esto otra cosa que un reflejo más de que Jesús es "políticamente incorrecto" en nuestra sociedad actual. Cuando el psiquiatra Augusto Cury pone de ejemplo de inteligencia emocional a Jesús en conferencias y libros, señala la sorpresa de muchos de sus oyentes-lectores, que recelan de inmediato. Algo que no hacen cuando se menciona a Confucio, Platón o Buda. En el Maestro de las Emociones, Cury expone claramente que la figura de Jesús, con independencia de si uno es cristiano o no, debe volver a la Universidad y la Escuela, por sus impresionantes lecciones de inteligencia, incluidas la social y emocional. Aparte de creencias y dogmas, pongamos por caso a un receptor agnóstico, ateo o de religión no cristiana, Cury no entiende por qué este no puede beneficiarse del ejemplo de Jesús como personaje histórico. Muchos de ellos, al escucharle, se convencen de su inteligencia y de la sabiduría de sus enseñanzas, aunque no se conviertan ni sigan sus pasos.
     Obviamente, Gavilán, como tantos otros, no tiene por qué hacer referencia a Jesús y la Biblia (que apoyarían, por cierto, muchísimas de sus afirmaciones y de sus consejos). Pero es chocante que no lo haga por dos motivos:

1º) Uno de los atractivos de este libro es la amenidad de su exposición, que se basa en varios recursos, uno de los cuales son las citas de todo tipo de personajes, incluidos los vinculados a la religión.

2º) Hay momentos de su discurso y de su praxis que, para un occidental, es muy difícil soslayar la referencia bíblica, siquiera por tradición. De hecho, hay momentos en que determinado episodio bíblico, o palabras de Jesús, vienen automáticamente a la mente, mientras se leen las páginas de Gavilán, bien porque sería el ejemplo que más a cuento vendría de lo que está exponiendo, bien porque es, sencillamente, una referencia silenciada o inconsciente a la Palabra.

       Es decir, como hace poco leía a Avalle-Arce a cuento del género pastoril, se ponen en juego aquí la pareja alusión-elusión. Gavilán maneja magistralmente las alusiones explícitas a un variopinto elenco de personas que han dicho frases que le venían bien para su discurso. Estas personas son políticos, filósofos, escritores, actores, psiquiatras, ... Pero al mismo tiempo se elide, se silencia o se evita, a Jesucristo.

     Estas afirmaciones que hago no son gratuitas. La primera vez que leí, que estudié este libro de autoayuda, lo iba teniendo cada vez más claro. Ahora mismo, me encuentro repasándolo, volviéndolo a estudiar, pues es una obra que me hace mucho bien y que me ayuda (pues yo es que tengo claro que además de ayudarme a controlar mi forma de hablar y hacerla más efectiva, está en total concomitancia con lo que señala la Biblia al respecto, es decir, entre otras cosas, me ayuda a ser obediente a Dios). Al mismo tiempo, estoy tomando nota de sus referencias, de sus alusiones y elusiones, y cuando lo acabe lo traeré a este artículo de blog. No porque tenga especial interés en "tirar" contra él en absoluto, sino porque me sirve de ejemplo para reafirmarme en que hoy en día, la sociedad occidental, se opone a la palabra de Dios, no prohibiéndola, no persiguiéndola, como en otras épocas, sino silenciándola, declarándola incómoda como mínimo para el que se atreva a aludirla, políticamente incorrecta. Para quienes quieren convencerse de que viven ya en una era "post-cristiana", como si el cristianismo, Cristo y su mensaje, fuera a evaporarse por un crédulo descrédito infundado. Y así, la pareja se transforma en una terna: alusión-elusión-ilusión.



Texto: José Alfonso Bolaños Luque

domingo, 7 de agosto de 2016

La restauración es posible, una experiencia de confianza


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LA TRISTEZA DE DECEPCIONAR

El que encubre sus pecados no prosperará;
Mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia.
Proverbios 28:13

Es sorprendente el liderazgo seguro, el poder y la confianza de Pedro en el principio de Hechos de los Apóstoles. De palabra y en actos. No solo ante el pueblo, sino incluso ante los gobernantes este pescador galileo es capaz de decir cosas así, en Hechos 4:


8. Entonces Pedro, lleno del Espíritu Santo, les dijo: Gobernantes del pueblo, y ancianos de Israel:
9. Puesto que hoy se nos interroga acerca del beneficio hecho a un hombre enfermo, de qué manera éste haya sido sanado,
10. sea notorio a todos vosotros, y a todo el pueblo de Israel, que en el nombre de Jesucristo de Nazaret, a quien vosotros crucificasteis y a quien Dios resucitó de los muertos, por él este hombre está en vuestra presencia sano.
11. Este Jesús es la piedra reprobada por vosotros los edificadores, la cual ha venido a ser cabeza del ángulo.
12. Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos.

Aparte del Evangelio resumido en ese potente versículo 12, y de maravillarnos con el contenido de su discurso y del valor de Pedro al dirigirse así a estos gobernantes, no puedo dejar de pensar que hacía bien poco que Pedro había negado por tres veces a Jesús y había llorado amargamente por ello. Es cierto que luego Jesús resucitado estuvo con él y le encomendó una gran misión, que desde luego lleva a cabo, pero por un tiempo no pude dejar de pensar en que a mí mismo, y sin querer compararme con él en absoluto, esa negación y ese llanto me habrían hundido emocionalmente; pensaría siempre muy mal de mí, sintiéndome indigno. Obviamente, esta experiencia sería inolvidable para Simón, pero lo que quiero decir es que yo, en algo así, y de muchísimo menos rango, me sentiría tan abrumado que me autoanularía para servir a Dios, por el sentimiento de culpa e indignidad. ¿No es esto contraproducente? ¿Lo has sentido alguna vez, o incluso eres propenso a ello como yo? ¿Seríamos capaces, sabiéndonos perdonados, de volver con energía y gozo a la tarea que Dios nos encomienda, o nos autoanulamos, nos bloqueamos y nos quedamos en parálisis?

     Causar tristeza causa tristeza, si te reprenden otros o tu misma conciencia. La decepción a otros se transforma, como por rebote, en una tremenda decepción con uno mismo que a la postre puede resultar una losa en el corazón, y provocar diferentes reacciones.
28414047644 f80b3d60f0     Cuando somos conscientes de que hemos cometido un acto puntual que daña a otros, o bien que tenemos una actitud reprensible o cultivamos un hábito nocivo o tóxico, el hecho de darnos cuenta de ello (algo muy importante, por cierto), moviliza a nuestra conciencia, que da la voz de alarma para que se articulen mecanismos de cambio.
     La CONCIENCIA no es un sentimiento, pero tiene vinculados algunos, uno de los cuales es aquel que la Psicología llama DISONANCIA COGNITIVA. Se trata de una sensación bastante desagradable fruto de la incoherencia, un choque contradictorio, generalmente entre lo que pensamos y lo que hacemos. Esto se ilustra fácilmente en, por ejemplo, la persona que sabe que fumar es malo y fuma, o el que está con sobrepeso, se pone a dieta y se come un pastel. En esos casos, como en muchos otros, algo en nuestro ser nos incomoda: estamos siendo incoherentes entre lo que sabemos o creemos y lo que hacemos, y eso parece ser un problema. También aparece la disonancia cognitiva si albergamos dos pensamientos o convicciones que se oponen, como estar en contra del negocio del fútbol y ser socio y seguidor radical de un equipo, pongamos por caso. En Corinto a algunos hermanos les pasaba esto con respecto a comer carne sacrificada a los ídolos. Y asimismo puede aparecer este sentimiento de incoherencia entre un pensamiento con sus actos consecuentes y un parámetro o norma que deseamos seguir.
     Igual que el miedo, la disonancia cognitiva aparece y nos resulta desagradable para que nos movilicemos de modo que desaparezca, y así nos quedemos tranquilos. En ese caso, hay varias maneras de arreglar este problema de la disonancia cognitiva, de hacer que desaparezca. Una de ellas, en general la más fácil y en muchas ocasiones la más acertada, es modificar el pensamiento para justificar el acto, dejándolo de considerar malo o contradictorio. Entonces es cuando, pongamos por caso, el fumador se convence a sí mismo de que fumar no es malo, e incluso de que tiene ventajas: calma los nervios, hace que piense mejor o cosas por el estilo. En este caso del fumador, vemos que haciendo esto se arregla su disonancia cognitiva... ¡pero no su problema real! Porque fumar sigue siendo perjudicial, piense lo que piense. Muchas veces los psicólogos nos van a aconsejar obrar así, y tendrán razón. Especialmente cuando se trata de cosas muy subjetivas, nimias y obsesivas. Por ejemplo, si me produce gran inquietud no haber dedicado una o dos horas a la lectura y se me pasa un día y otro sin leer ningún libro, y eso me produce ansiedad, probablemente lo mejor sea asumir que el día a día no me permite ese nivel de lectura y que ya tendré ocasión de leer en otro periodo; o no haber llamado por teléfono a alguien, o no tener la casa limpia hasta el último rincón, ... Cosas así. A veces a los creyentes nos cuesta disfrutar de un estupendo domingo en el que, por algún motivo, no hemos ido a la iglesia. Y, al final, ni hemos asistido a la reunión, ni hemos disfrutado del domingo. Y Dios tiene unas normas muy estrictas que deben obedecerse y respetarse con temor, pero al mismo tiempo nos conoce y tiene en cuenta nuestras circunstancias humanas. El ejemplo claro de esto está en Levítico 10. Aquí, Nadab y Abiú, hijos de Aarón, pagaron con su vida el ofrecer a Dios un incienso de una composición distinta a la que Él acababa de establecer. La norma era clara y, al transgredirse, un fuego los consumió de inmediato. Este error tal vez pueda haberse debido a que estaban ebrios (cf. Lv. 10: 8-11). En todo caso, lo que se resalta aquí es que las cosas dichas directamente por Dios deben respetarse y mucho más si uno ha sido constituido sacerdote o ministro suyo. Tenemos más ejemplos de este tipo, como el que murió ipso facto por tocar el arca o aquel al que apedrearon por recoger leña en día de reposo. Pero, al mismo tiempo, en este mismo capítulo de Levítico 10 vemos cómo el mismo Aarón vuelve a transgredir una norma directa de parte de Dios (la ley de comer cosas santas). Aarón no comió como debía, y Moisés se enojó mucho con él, como es lógico. Pero Aarón a continuación argumenta: es verdad, hemos ofrecido expiación y holocausto, pero yo he perdido a dos de mis hijos, ¿le agradará a Dios que coma así, con esta pena? (parafraseo el v. 19). Y Moisés se dio por satisfecho de esta respuesta. Y nada le pasó a Aarón. En el Nuevo Testamento tenemos el correlato claro en boca de Jesús, en respuesta a aquellos que se escandalizaban de que sus discípulos hicieran cosas muy justificadas en día de reposo (Mt. 12: 1-8). No nos confundamos: Dios es un Dios que debe ser temido en gran manera, y es un Dios de orden, pero no es un Dios que no se pueda compadecer de nosotros, ni es un Dios de dogmas fríos y aplicables de manera automática. Hasta la propia Palabra de Dios puede usarse para hacer el mal, mucho cuidado. No me extiendo más con esta digresión, ya hablaremos de esto en otra ocasión; volvamos a nuestro tema principal, la disonancia cognitiva.
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     Es cierto, a veces modificar el pensamiento es la opción más sana. ¡Cuánto le costó a Pedro comer alimentos declarados inmundos, entrar en casa de Cornelio! Dios le tuvo que preparar previamente, trabajando su conciencia, sus creencias, su pensamiento, no solo para que pudiera predicar en casa de este gentil, sino para que después no se sintiera mal por ello. Pedro se defenderá muy bien, y muy tranquilo, cuando otros hermanos judíos le pidan explicación por ello. Pero en muchas otras ocasiones esta solución no será más que una excusa: elimina el sentimiento pero no arregla el problema. Y puede tener consecuencias muy graves, por más que uno no se sienta mal por ello. Por ejemplo, qué sé yo, que un cristiano justifique el adulterio, o el homicidio, manejando incluso la Biblia a su antojo. Si el pensamiento es cierto, si la convicción que se opone al acto es verdadera, hay que modificar la conducta, y esto es algo más difícil. Otra cosa sería hipocresía. Esto, si el acto es un hábito y debe rectificarse (el Señor nos perdona, nos restaura y nos reencauza, nos hace caminar por sus sendas, y esto es incluso un motivo de oración, algo que le podemos pedir, como el salmista pedía para sí mismo, o el Señor Jesús para sus discípulos). Si se trata de un acto puntual, el hecho no tiene arreglo pero aún quedan cosas por hacer. La más importante es gestionar el otro sentimiento que aparece ahora, también muy vinculado a la conciencia: la CULPA.
     Una pregunta crucial aquí es: ¿sabemos gestionar la culpa? No debemos ni poner en los altares ni demonizar o negar ningún sentimiento o emoción; las emociones están puestas en nosotros por Dios como nos ha puesto pulmones o brazos, hormonas y glándulas: para que cumplan su función.
     La culpa es un sentimiento necesario si su origen es justo y proporcionado, y su finalidad es encaminarnos al ARREPENTIMIENTO; la culpa se vincula al darnos cuenta de nuestro error, y el arrepentimiento es reconocerlo como tal y decidir rectificar, cambiar, no volverlo a hacer o hacerlo de otra manera. Y el arrepentimiento, por último, debe dar frutos, debe materializarse en acciones bien enfocadas.
     Debido al abuso incriminatorio de la culpa que algunos han practicado para sí mismos (Pr. 11: 17) y para los demás, culpa es hoy en día palabra tabú, e incluso se le niega validez al concepto. Y algo hay de cierto ahí: cuidado con dejar que la culpa nos consuma e inutilice, cuidado con machacar a otros pulsando sus sentimientos de culpa (ya sabemos quién es el Acusador, no nos parezcamos a ese). Pero cuidado también con negarla. Negar el sentimiento de culpa es como negar el miedo; el exceso de miedo, que nos pone en estado de alerta, produce estrés y en nuestra sociedad, en la que se carece de los peligros de antaño, ese estado de alerta constante es nocivo. Pero eso no significa que no deba subirnos la adrenalina en determinadas ocasiones. Seríamos unos inconscientes si eliminásemos de nosotros el sentimiento de miedo. Pues con la culpa es igual.


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     Gestionemos la culpa de manera sana: como guía al arrepentimiento sincero y activo, no como un hundimiento emocional que nos lleve a la frustración, la depresión y la atadura de manos. Y esto es algo en lo que los creyentes debemos poner cuidado. Que esto es así lo vemos muy claro en el siguiente pasaje de 2ª Co. 2: 5-11, especialmente en el v. 11, que resalto:



Pero si alguno me ha causado tristeza, no me la ha causado a mí solo, sino en cierto modo (por no exagerar) a todos vosotros. Le basta a tal persona esta reprensión hecha por muchos; así que, al contrario, vosotros más bien debéis perdonarle y consolarle, para que no sea consumido de demasiada tristeza. Por lo cual os ruego que confirméis el amor para con él. Porque también para este fin os escribí, para tener la prueba de si vosotros sois obedientes en todo. Y al que vosotros perdonáis, yo también; porque también yo lo que he perdonado, si algo he perdonado, por vosotros lo he hecho en presencia de Cristo, para que Satanás no gane ventaja alguna sobre nosotros; pues no ignoramos sus maquinaciones.
    
     Ya hemos visto a Pablo en 1ª de Corintios dar instrucciones muy tajantes de la actitud de rechazo que deben tomar los creyentes ante algunos de mal proceder y testimonio. Aquí tenemos el caso de un cristiano que "ha causado tristeza a Pablo" por este motivo. Y este cristiano, según instrucciones paulinas, ha recibido el rechazo de sus hermanos. Esto no se hace para que se sienta mal y se hunda o se aleje, esto se hace para dejarle claro a él y al resto que observa que su comportamiento está lejos de la voluntad de Dios y que ellos, como creyentes, no pueden compartirlo ni, de momento, seguir en su compañía o darle credibilidad. Es, al contrario, una medida de amor, pues se le da la oportunidad a esta persona de DARSE CUENTA: sentir culpa, arrepentirse, pedir perdón y cambiar de proceder.  Una vez que sucede esto, si Dios le ha perdonado y él, incluso, ha rectificado, ¿quiénes somos nosotros para no perdonarle del todo, para seguir siendo severos con él, para seguir rechazándole? No. Ahora toca otra cosa. Toca perdonar y toca, atención, consolar, pues quien causó tristeza al principio ahora la siente. Persistir en su rechazo, en hacerle el vacío, en tener malos gestos, reprocharle o ignorarle no tiene más sentido una vez que consigue lo que pretende: es contraproducente, es hacerle el juego al mismísimo diablo. Dios nos perdona setenta veces siete. ¿No es increíble? Esto no significa tolerarlo todo. Al contrario. Mal favor le haríamos a aquel que entiende mal o se desvía y desvía a otros en lo que claramente enseña la Palabra si no se lo advertimos y, desde luego, mal iríamos si le seguimos el juego. Pero el Señor también desea la restauración de aquel que ha transgredido y, dejándole hundido en la tristeza de su error, desde luego no mostramos para nada ser ni una pizca parecidos al propio Señor, perdonador y misericordioso, que cuando perdona, perdona, y se olvida de nuestros pecados pasados.
     Es curioso y muy desagradable observar cómo algunos toman la figura de Pablo y la reducen a dogmático implacable, por contraste con la figura más amable del propio Señor Jesús, bien para tirar en contra de sus enseñanzas, bien para tomarle como falso ejemplo del fundamentalismo pseudocristiano. ¡Pablo, aquel que dijo que por encima de cualquier cosa está el amor! Hay que leerlo todo, verlo todo. En 2ª  de Tesalonicenses 3: 14, 15 tenemos otro ejemplo de su "dureza amorosa" y, si sus instrucciones son muy claras y contundentes en un sentido, también lo son en el otro cuando es su momento. Aquí se está refiriendo a cristianos que, en lugar de trabajar para ganarse el pan y dar buen testimonio a la sociedad, viven ociosamente y entremetiéndose. Tras sus indicaciones, señala:


14 Si alguno no obedece a lo que decimos por medio de esta carta, a ése señaladlo, y no os juntéis con él, para que se avergüence. 15 Mas no lo tengáis por enemigo, sino amonestadle como a hermano.

No hay por qué pensar que el v. 15 sea menos importante que el 14. Realmente son un todo. En el 14 dice lo que hay que hacer, y en el siguiente cómo hacerlo, con qué espíritu. ¿La medida es drástica? Sí, y necesaria. ¿Es una forma de atacarle como persona, buscando quitarle de en medio, destruirlo, como un enemigo? En absoluto. La medida nos podrá parecer drástica, pero no deja de ser una forma de llamarle la atención como a un hermano. Un hermano es familia, y se le ama. Así es como se hace, es eso lo que dice Pablo. Él, que era entristecido por este tipo de cristiano, se compadece de la tristeza que luego siente por haberla causado, por haber recibido el rigor de la medida, y encomienda a sus hermanos entonces, no solo perdonarle, sino asimismo consolarle, animarle. Esto es amor. Y para volver a ilustrar este argumento, reafirmar todo lo que hemos dicho en este artículo y cerrarlo, leamos en 2ª Co. 7:9 ss.:

9. Ahora me gozo, no porque hayáis sido contristados, sino porque fuisteis contristados para arrepentimiento; porque habéis sido contristados según Dios, para que ninguna pérdida padecieseis por nuestra parte.
10. Porque la tristeza que es según Dios produce arrepentimiento para salvación, de que no hay que arrepentirse; pero la tristeza del mundo produce muerte.
11. Porque he aquí, esto mismo de que hayáis sido contristados según Dios, ¡qué solicitud produjo en vosotros, qué defensa, qué indignación, qué temor, qué ardiente afecto, qué celo, y qué vindicación! En todo os habéis mostrado limpios en el asunto.
12. Así que, aunque os escribí, no fue por causa del que cometió el agravio, ni por causa del que lo padeció, sino para que se os hiciese manifiesta nuestra solicitud que tenemos por vosotros delante de Dios.
13. Por esto hemos sido consolados en vuestra consolación; pero mucho más nos gozamos por el gozo de Tito, que haya sido confortado su espíritu por todos vosotros.

Texto: José Alfonso Bolaños Luque
Imágenes: http://photopin.com

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